De Chernóbil parece que hemos oído mucho, a veces, quizás, demasiado. Este año se han cumplido 30 años del desastre, y hemos vuelto a ver fotos que ya en su día se nos quedaron clavadas: las casas abandonadas, las máscaras de gas tiradas en una clase infantil, los niños afectados por la radiación. Y nos han repetido las grandes cifras del desastre. La realidad, sin embargo, es que apenas sabemos nada de lo que de verdad supuso para quien lo vivió. Qué sintieron, dónde están ahora. Por eso este libro es necesario, casi imprescindible: porque nos pone lo que ocurrió frente a frente; porque le da voz a quienes sí estuvieron allí. Voces estremecedoramente auténticas.